Nos dejamos llevar, está claro. Como pececillos a los que no les apetece nadar y se dejan llevar por la corriente.
El peligro viene cuando nos dejamos llevar hasta puntos insospechados. Sin saber hacia dónde vamos, simplemente vamos. ¿Y si estamos llegando a algo perjudicial para nosotros mismos?
Es más cómodo así, es cierto. ¿Para qué pensar? Si otros pueden hacerlo por nosotros. Pero cuidado, al final acabaremos olvidando cómo pensar.
Es necesario abrir los ojos, y ver la realidad desde nuestro punto de vista, no desde el que nos quieren enseñar.