lunes, 13 de junio de 2011

Un rincón lleno de magia.

Easdale es una pequeña isla esocesa. De hecho, es la más pequeña de las islas de Escocia. Está habitada, pero en ella no pueden entrar los coches. Los pueblerinos se trasladan a las islas contiguas en barco, lancha, moto acuática, etc.


 Yo no tenía previsto ir allí, ni siquiera sabía que existía. Aquel verano fui a Edinburgh (por segunda vez para mí) con mi novio, a casa de su prima, que vive allí con su pareja. Ellos fueron quienes nos prepararon la sorpresa.

Los padres de David (el novio de Montse, la prima de mi novio) tienen una casita en la isla, y decidieron llevarnos por sorpresa para que conocieramos la zona.

El viaje no fue nada fácil, lo admito. Está bastante lejos de Edinburgh,  a 4 horas en coche, y las carreteras no son precisamente buenas. Creo que no he visto más curvas seguidas en mi vida, ni carreteras en peor estado que aquellas. Además de que yo soy de mareo fácil, pues llegué hecha un cuadro. Pero en cuanto me bajé del coche, y me monté en la barquita que nos llevaba hasta Easdale, se me pasaron todos los males.


Easdale tiene una belleza poco común, nada que ver con las típicas islas tropicales de arena blanca y agua turquesa. En Easdale las playas son de pizarra, y en sus aguas nadan pequeños tiburones de agua fría (vegetarianos, por cierto).

En la isla todas las casitas que pueden verse (no son demasiadas) son pequeños "cottages" ingleses. Una monada que le da al pueblo ese aire único.



Los pueblerinos han sobrevivido gracias a la pizarra. Esa piedra negra y brillante que está por todas partes allí. La comercializan y exportan, por lo tanto es su fuente principal de ingresos, junto con el marisco.


En el pueblo las puertas de las casas nunca se cierran con llave, símbolo de la confianza que hay entre los vecinos. Aún así yo no podía evitar sentirme incómoda al pensar que estaba durmiendo con la casa abierta.



 Una de las noches, se desató una tormenta  muy fuerte (no entiendo de tormentas, pero en la escala que las mide, era de lás más potentes). Aquella noche la pasamos frente a la chimenea tomándonos un whisky escocés, porque era imposible salir ni a pasear, el mar estaba enfurecido y daba auténtico miedo sólo pensar en salir ahí fuera. Esa noche encontramos en un cajón unos recortes de periódico antiguos. Al parecer, el cólera había mató a casi todos los pueblerinos de Easdale hace más de 60 años, de ahí que el pueblo no creciese y siga tal y como era entonces. Con sus casitas, sus tejados de pizarra, su marisco riquísimo, sus vecinos amables, y su paisaje virgen.

En definitiva, es un rincón poco accesible pero lleno de magia.

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