Easdale es una pequeña isla esocesa. De hecho, es la más pequeña de las islas de Escocia. Está habitada, pero en ella no pueden entrar los coches. Los pueblerinos se trasladan a las islas contiguas en barco, lancha, moto acuática, etc.
Los padres de David (el novio de Montse, la prima de mi novio) tienen una casita en la isla, y decidieron llevarnos por sorpresa para que conocieramos la zona.
El viaje no fue nada fácil, lo admito. Está bastante lejos de Edinburgh, a 4 horas en coche, y las carreteras no son precisamente buenas. Creo que no he visto más curvas seguidas en mi vida, ni carreteras en peor estado que aquellas. Además de que yo soy de mareo fácil, pues llegué hecha un cuadro. Pero en cuanto me bajé del coche, y me monté en la barquita que nos llevaba hasta Easdale, se me pasaron todos los males.
Easdale tiene una belleza poco común, nada que ver con las típicas islas tropicales de arena blanca y agua turquesa. En Easdale las playas son de pizarra, y en sus aguas nadan pequeños tiburones de agua fría (vegetarianos, por cierto).
En la isla todas las casitas que pueden verse (no son demasiadas) son pequeños "cottages" ingleses. Una monada que le da al pueblo ese aire único.
Los pueblerinos han sobrevivido gracias a la pizarra. Esa piedra negra y brillante que está por todas partes allí. La comercializan y exportan, por lo tanto es su fuente principal de ingresos, junto con el marisco.
En el pueblo las puertas de las casas nunca se cierran con llave, símbolo de la confianza que hay entre los vecinos. Aún así yo no podía evitar sentirme incómoda al pensar que estaba durmiendo con la casa abierta.
En definitiva, es un rincón poco accesible pero lleno de magia.
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